lunes, 22 de agosto de 2011

 Todos los domingos, la misma sensación. A las 5 de la tarde, miro el reloj, y me pongo mitad triste mitad nerviosa. Mi pensamiento es el mismo cada vez: me quedan dos horas junto a él. A partir de ahí ya me pongo quejosa, por todo, por el clima, por el colegio, por mi familia, por vivir lejos.
 Es algo inconsciente, simplemente me malhumora el hecho de tener siempre la misma rutina, de tener que planificar absolutamente todo y que si algo surge a último momento me arruine lo planeado. Es algo molesto a lo que ya estoy acostumbrada, el hecho de saber que simplemente no podemos vernos todos los días de la semana ni una tarde casualmente que los dos tengamos libres. Que al vernos tengamos que dejar de lado amigas, familia, estudios, que al vernos siempre tenga que ser los mismos días y a la misma hora. 
 Si alguna vez me imaginé la relación ideal, definitivamente no sería ésta. Sé también, que todo podría ser mucho mejor. Que hay parejas que viven cerca, que no se tienen que comer hora y media de ida y otra de vuelta, que tienen disponibilidad horaria y que no tienen que sufrir los días de la semana cuando no se ven.
 Pero que más da? Para mí este esfuerzo vale la pena, porque sacrificarse para estar con vos lo vale todo. Porque sé que aunque no siempre pueda tenerte cerca, siempre vas a estar conmigo. Es algo especial, sobrenatural, ese empujoncito y ese aliento que siento cuando me cuesta levantarme a la mañana, o cuando algo es díficil, o cuando me siento muy muy triste. Es ese tipo de fuerza que me das solamente vos. Es esta relación, que no dejaría nunca. Porque ya sin vos, no podría vivir, es decir, básicamente sí podría, pero me costaría muchísimo, tendría que replantearme mil aspectos, repensar totalmente mi futuro.